Escribir en el agua
Cuando me amputaron mi pierna izquierda, pensé: ¿A qué Dios le rezan mis ex parejas para haberse librado a tiempo de tanta tragedia? Me sorprende. ¿Será que visualizaron la adversidad en mis ojos, la enfermedad en mi mirada? Quizá hablaba la amargura, la desesperación, la desolación, pero lo pensé.
Todas mis batallas me han traído hasta aquí. ¿Quizá estaba tan cansada, quizá el peso del dolor de mi alma se reflejó, de repente y con todo su peso, en mi ya debilitado cuerpo? Es posible. Desde que tengo conciencia he tenido que luchar por la razón de mi existencia. La vida entera se configuró en la lucha, en la pelea por darle un sentido a mis días, el que, por desgracia, terminó escapándose de mis manos. Perdí, y con mayúscula. A veces me pregunto, si esa pelea, esa lucha constante fue el sentido. Nunca estuve satisfecha. Siempre fuera de lugar, sin coincidencias. Ningún entorno me acogió. Ahora es más serio, porque ya no me queda tiempo. Parece que las puertas estaban completamente cerradas desde antes de nacer. Y yo, en mi inocencia, buscando las llaves día y noche, día y noche, sin tregua. Perdí la brújula. Las metas ahora cambiaron, son mínimas: lograr salir de mi cama, lograr no decaer, lograr hacer algo de ejercicio, lograr dar algunos pasos con una prótesis, mantener la cordura en medio de tanta rutina. Un grito sin eco y sin respuesta.
En 2019 empezó la saga de las amputaciones. ¿Un aviso de lo que venía? Me enteré de que “mi amigo” alemán, a quien fui a visitar en Stuttgart, solo tenía dos dedos en una de sus manos. Por eso utilizaba en esa mano siempre un guante negro. Un experimento que hizo en su casa, cuando tenía 15 años, salió mal. Semanas después, me presentaron un hombre en Viena, de quien me habían hablado mucho. Mientras hablaba en una comida, me di cuenta de que le faltaba un dedo de una mano. Es ingeniero químico. Supuse que, de pronto, algún experimento también le salió mal. Pero recuerdo pensar: “Parece que la vida quiere burlarse de mí”.
En 2022, después de regresar de un viaje feliz a la Argentina, fuimos con mi mejor amigo a la Feria del Libro de Bogotá. Ya cansados, después de varias horas de recorrer los pabellones, mi amigo Arthur se quedó descansando en un lugar, mientras yo visitaba los últimos stands. Recuerdo que me deslicé hacia el fondo y allí me encontré con dos sorpresas: un señor, ya mayor, publicitaba un libro compuesto de las revelaciones que, cada día, le hacía Dios. Muy interesante, pero yo ya había acabado con todo mi dinero. Al lado de él, estaba el stand de un hombre amputado de una pierna, que se acercó para mostrarme el libro de sus últimas hazañas escalando montañas en Sur América. Conversamos un rato, le mencioné los lugares que yo recientemente había visitado en Argentina, pero no coincidieron con los suyos, pues él había estado literalmente en medio de la naturaleza. Tampoco compré el libro por falta de dinero. Me despedí y fui a reencontrarme con mi amigo.
Salimos de la Feria y fuimos a almorzar-comer a un restaurante en un conocido centro comercial, cerca de donde vivía mi hermana. Yo había planeado pasar la noche en su casa, ya que vivo fuera de la ciudad. La cena estuvo exquisita, con todo y copa de vino tinto. Me despedí de Arthur y me dirigí hacia el apartamento de quien, en ese entonces, era mi hermana. Conversamos un poco, ya era tarde, y me fui a acostar. Esa noche, en el instante en que me estaba quedando dormida, tuve una hermosa experiencia mística. Yo rezaba el Rosario, en el “sueño”, y me sentí muy pero muy cansada, sabía que no lo podía terminar. Entonces, estiré la mano derecha y se lo entregué a alguien. Pero, ¡oh sorpresa! ¡Quien me lo recibió fue el mismo Jesús! Pude ver su rostro de medio lado y su barba. Sentí miedo y vergüenza de seguir profundizando en tal experiencia tan real y tan hermosa. En los instantes que duró la visión pude percibir la infinita misericordia de Él hacia sus criaturas, los seres humanos. Él está dispuesto a hacer cualquier cosa por nosotros, a perdonarnos, a asistirnos, acompañarnos y ayudarnos en todo momento. ¿Esta “visión” quiso prepararme para lo que vendría siete meses después? Es muy posible….
En noviembre, cuando me transportaba hacia Bogotá en una flota, por intentar pasar al puesto de la ventana, giré la rodilla de mi pierna derecha y ¡zas! me la disloqué. Bajé con mucha dificultad de la buseta y me dispuse a tomar un taxi. La rodilla se doblaba y me hizo caer al piso. Logré incorporarme y tomé el taxi. Quise ignorar la gravedad del accidente y me dirigí a la cita que tenía en Bogotá. En la tarde regresé a mi casa, adolorida, mucho. Al día siguiente, viernes, me fui en un carro particular a urgencias en la Clínica Colombia. Allí me tomaron una radiografía de las dos rodillas y un ortopedista me vendó la rodilla afectada, indicándome que evitara el movimiento. El doctor me dijo algo, que hoy suena muy irónico: “Las dos rodillas están muy conservadas”. Salí de allí y me fui a la casa de mi mejor amiga, para que ella cuidara de mí. Estuve el resto de ese viernes y el sábado en su casa. En la tarde, me entró el afán de regresar a mi hogar. Era puente y quería aprovechar para terminar de empacar mis libros en cajas de cartón. Planeaba huir a Buenos Aires en enero 2023.
Me recogieron y regresé. Cuando llegué, advertí que me sentía muy mal, mareada con náuseas. Al día siguiente, empecé a vomitar e, ignorando la advertencia de que ante ese síntoma debo ir urgentemente a un hospital, me recosté en mi cama y esperé mejorar, cosa que no sucedió. Ya en la madrugada del lunes de fiesta estaba completamente descompensada. Me trasladé a Bogotá a la Clínica Colombia, donde me internaron y me diagnosticaron una crisis adrenal grave.
Esas crisis se desatan cuando algo no está bien en mi organismo, como el haber adquirido una infección. Estuve hospitalizada varios días, me estabilizaron, pero los médicos no pudieron encontrar nada fuera de lugar. Después de varios días, salí pero con oxígeno. Ya era el fin de semana siguiente, también puente. El sábado y el domingo estuve la mayor parte del tiempo recostada, porque no era fácil trasladar la pequeña “nevera” del oxígeno por todo el apartamento. El domingo en la tarde llegó mi amigo Arthur a visitarme. Pedimos algo y almorzamos bien. Estábamos contentos, tranquilos, conversando. Se fue pasando el tiempo. Cuando miré el reloj, me percaté de que faltaba un minuto para la una de la madrugada. Le dije a Arthur: “No pienso trasnocharme tanto, me voy a dormir ya”. Decidí levantarme al baño para lavarme los dientes y demás, pero mi pierna izquierda no respondió. Pensé que estaba “dormida”, pero la parálisis era tanta que descarté en instantes esta opción. Creí, entonces, que tenía un calambre, solo que un segundo después me atacó un dolor espantoso, que me hizo dar un verdadero alarido. Este alarido se prolongaría por horas. Era la una de la madrugada del lunes 14 de noviembre de 2022 y, aturdida por el dolor, no sabía que jamás volvería a caminar por mis propios medios. No describiré los pormenores: dificultad de manejar el menú de asistencia médica de urgencia por teléfono, mi amigo sale a buscar ayuda y deja las llaves en el apartamento (obviamente, yo no podía moverme), nula presencia de ambulancias en la ciudad donde yo vivo, el dolor que no me dejó pensar con claridad, enorme dificultad para bajarme en una silla de ruedas desde un tercer piso sin ascensor).
El dolor nos hizo cometer un error garrafal. Cuando, finalmente, conseguimos transporte, no fuimos directo a Bogotá, sino al hospital de la ciudad más cercana: Mosquera. Allí el “médico” que me recibió no se percató de la urgencia. Me internaron y me colocaron morfina y anticoagulante. El dolor no cedió. Ya en la madrugada y, cuando llegó otro médico, me trasladaron de urgencia en ambulancia a la Clínica Colombia en Bogotá, donde tuvimos que esperar mucho para que me ingresaran. El dolor seguía atormentándome. Me hicieron un doppler para confirmar el diagnóstico: Trombosis arterial profunda. Me regresaron al módulo de urgencias y, momentos después, entró una “médica”. Me examinó y dijo secamente: “Esta es de las noticias que uno no quiere dar. ¡La pierna se perdió! ¿Usted quién era?”. Yo respondí con las pocas fuerzas que me asistieron: “Dra. No hable en pasado”.

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