Una guerrera convertida en sirena
Hoy deseo hacer público, sin ninguna vergüenza y sin ningún pudor, que mi pierna izquierda fue amputada. Ya no soy un animal bípedo. Mi cuerpo se ha reducido en tamaño, ya no soy la misma. Ya no moriré con el cuerpo con el que nací. Nunca pensé que esto pudiera ser una preocupación, siendo cristiana católica y sabiendo que, con el paso del tiempo, debemos desapegarnos de todas las cosas, incluso de nuestro cuerpo. El primer pensamiento que vino a mi cabeza, cuando me dieron tan desolador e irreversible diagnóstico, fue el suicidio. ¿Pero cómo hacerlo? No se me ocurre nada, no hay fuerzas para planear un asesinato de mi propio ser. Día a día, ya en el hospital, empiezo a hacerle un duelo exprés al miembro de mi cuerpo que me acompañó por 58 años cumplidos. El dolor y la angustia no te dejan ir más allá, tienes que concentrarte en sobrevivir a una cirugía de tal magnitud. Y se me olvida pensar o hacer consciente el hecho de que NO VOY A VOLVER A CAMINAR. Ese es un duelo diferente, al que me enfrento ahora, día a día, sumida en la más terrible de las pesadillas para mi: la rutina y el depender de otra persona para salir de la cama y poder interactuar un poco con el mundo. Me dicen que una gimnasta fue amputada y, ahora, tiene un desempeño igual con su prótesis. Que un hombre logró subir el Aconcagua después de ser amputado. Eso a mí no me interesa. Ya no soy joven, nunca fui deportista. Solo leía, escribía y dormía. Pero lo hacía sola, de manera independiente, sin la presencia de otro ser humano con el que debiera convivir. Cocinaba mis alimentos y compraba mis insumos, sola, en paz. Eso ya no puedo hacerlo y, quizá, jamás lo pueda volver a hacer. Perdí el control de mi casa. Ahora otros deciden por mí. Estoy harta. La pesadilla, la peor pesadilla se ha vuelto realidad. No puedo dirigir mi cuerpo hacia donde quiero, no puedo caminar ni siquiera dentro de mi propia casa. Estoy triste, triste hasta morir, y mi tristeza se ahonda en la tierra, en la tierra cansada y reseca, esa que nunca recibe ni una gota de lluvia. Comparado con lo que estoy viviendo, la pandemia y el encierro que sufrí fueron una fiesta, una delicia, así de relativos son el dolor, el miedo y la incertidumbre. Siento que perdí, que naufragué, que estuve en la guerra y regresé, destrozado el cuerpo, destrozada el alma. No quiero vivir y me siento, me veo obligada a hacerlo.

Lecciones de Vida
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Comentarios
Amparo Mahecha Parra
hace 2 años#4
Mil gracias por darme tanto ánimo!
Amparo Mahecha Parra
hace 2 años#3
Muchas gracias por darme tanto ánimo.
Alberto Landeras Rivas
hace 2 años#2
Con tu edad todavía puedes hacer muchas cosas. Aprende a manejar bien las muletas y seguro que poco a poco tu cuerpo suple esa pierna, que ya no está. Ánimo!
Javier Cámara-Rica 🐝🇪🇸
hace 2 años#1
Muchas gracias por tu valentía. Eres una guerrera, una luchadora incansable que ha pasado por un momento muy difícil. Es comprensible que sientas tristeza y desesperanza después de haber perdido una parte de tu cuerpo, pero recuerda que eso no te define como persona. Tu fuerza interior es más grande que cualquier circunstancia externa y puedes superar esto. Aunque el camino parezca difícil, hay muchas maneras de adaptarse y vivir una vida plena con una discapacidad. No te desanimes por lo que otros han logrado, porque tu historia es única y tu camino será diferente al de ellos. Lo importante es encontrar nuevas maneras de hacer las cosas que amas y buscar el apoyo de los que te quieren. Aunque el cambio puede ser difícil, también puede abrir nuevas oportunidades y experiencias que nunca imaginaste. No dejes que la tristeza te consuma, sigue adelante, día a día, y verás que tienes la fuerza para enfrentar cualquier desafío que se presente en tu camino. Ánimo!!!