Amparo Mahecha Parra

hace 4 años · 4 min. de lectura · visibility ~10 ·

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Cotidiano


Nadie aprecia tanto los detalles comunes al día a día como los espíritus solitarios. Sin el ruido del llamado de otros, sin sus objeciones e interrupciones, surge en cada instante lo cotidiano en toda su pureza. Siempre he detectado a las personas que pasan la mayor parte del tiempo en soledad, por la manera detallada como cuentan las anécdotas, haciendo referencia a la manera exacta como preparan tal o cual alimento, a los ruidos típicos de su casa, a las singulares monerías de su mascota.

El café en la cuchara medidora, ni más ni menos, el ruido del agua cuando empieza a hervir, el singular sonido del grifo de la cocina, la cortina de bambú deslizándose por la ventana. La rutina se extiende de la mañana a la noche: ¿Dónde dejé las pantuflas? ¡No puedo abrir el frasco de mermelada! ¿Cómo conecto la lámpara, el celular y la cobija eléctrica, si solo hay dos entradas en la toma y no puedo dejar la lámpara desconectada durante la noche? Nunca lo hago, puede haber un sismo o un terror nocturno y me aterra que no suceda nada, al presionar el interruptor.

Los objetos cotidianos componen naturalezas muertas en cada rincón. [Sobre el anaquel, la cafetera, el tarro alargado para los espaguetis y el gato rechoncho de cerámica. Sobre la nevera, la canasta para las frutas o, a veces, para el pan. Sobre el escritorio, el jarrón sin flores, la lámpara sin bombillo, el portarretrato que muestra a mi padre a los cinco años. La mesa del comedor se ha convertido en un galimatías: tarros de medicinas, pastilleros, enciclopedias, gafas, una lupa, portavasos, azucarera y servilletero de cristal] Sin embargo, acostumbro a interactuar con ellos, como si se tratara de seres vivos: no es lo mismo tomar el té en esta o en aquella taza; no da igual poner el mantel blanco o el azul con rayas blancas. Los objetos se refunden, se pierden y, en ocasiones, hasta se desmaterializan para, luego, después de unas horas o algunos días, reaparecer sin previo aviso. Ellos establecen el ritmo que tiene el día, sea de trabajo, de descanso o de profunda reflexión. Son inanimados y, al mismo tiempo, no lo son. Si observas desde afuera, verás que alguien estuvo leyendo un libro hasta entrada la noche, que no tuvo tiempo de lavar los trastes del desayuno, que no se terminó la taza de té, que acaba de limpiar sus gafas o de recostarse en el sofá, pues allí está la indeleble huella de su cuerpo.

Los papeles y papelitos, esos sí que dan indicio de lo cotidiano: una lista de víveres por allí, un número telefónico por allá, la fecha de una cita médica revolotea entre el escritorio, la sala de estar y la cocina, cuentas y asuntos importantísimos que se traspapelan todos los días.

La salida del apartamento merece mención aparte. Con el tiempo, se han acumulado los ítems: la sombrilla, que no puede faltar, pues vivo en Bogotá, las llaves, el celular, las gafas para ver de cerca, la bufanda, la tarjetas: una para salir del conjunto donde vivo y otra para el trasmilenio; la botella de agua, que se ha vuelto imprescindible dados los largos trayectos que debo atravesar y la deshidratación crónica que padezco, sin contar los documentos o libros que deba llevar en cada ocasión. Entonces, llego a la puerta de salida sin la tarjeta, me devuelvo, subo cuatro escaleras y abro la puerta, descubro que la dejé sobre la mesa. Vuelvo a salir y ya en el bus advierto que no llevo el celular, y así hasta el infinito. En los últimos nueve meses, después de mi mudanza a un nuevo refugio, no he logrado llevar conmigo todas las cosas. Y día tras día se reanuda la rutina, que confirma que mi atención es precaria para los trajines cotidianos de la existencia.

Cuando tenía pocos años, iba a decir cuando era niña, pero aun lo soy, ordené los días de la semana en mi mente, asociándolos con diferentes colores. Así, el lunes es blanco y, por lo general, frío; el martes es amarillo; el miércoles, rosado; el jueves, azul oscuro; el viernes, negro profundo; el sábado, azul claro; y el domingo, reluce con un rojo fuerte que tiñe todas las actividades de ese día. Todavía hoy, muchos años después, no puedo registrar los proyectos, los planes, las citas o los encuentros de los distintos días, sin pensar en su color. El que más me gusta es el azul que se va difuminando en la tarde del sábado. Esta es la estructura que me ha permitido organizar en mi mente el paso del tiempo.

Nadie aprecia tanto los detalles comunes al día a día como los espíritus solitarios. Es imposible ignorar cómo se pliega un segundo sobre otro, es la conciencia absoluta de la que hablaba Hegel. La cotidianidad representa el absurdo de la vida y también su sentido profundo. Me asombra pensar que en este trasegar de prender y apagar, una y otra vez, las luces, de abrir y cerrar las puertas miles de veces, de vestir mi cuerpo como universitaria, como ejecutiva, como mujer en espera de una pensión de invalidez, en ese trajín de innumerables tazas de café, tazas de té, copas de vino… en ese ir y venir, ha transcurrido la vida, se han gastado los años, se han tejido sueños, se han desatado ilusiones, se han escrito libros, se ha caminado, se ha gozado y se ha sufrido, se ha esperado y se ha dejado de esperar. ¿Cuántos pares de zapatos habré utilizado para deambular por calles y senderos, por barrios y ciudades llenos de misterios? Ellos son los testigos inmediatos de mis subidas y bajadas de buses, de trenes, de aviones, de tranvías, de taxis, de metros tan grandes como el de Moscú o Nueva York. Sandalias de cuero, tenis, botas de invierno, botines de toda clase han pisado pastos de muchos verdes, arenas negras y doradas, calles desiertas y aglomeradas, asfaltadas y empedradas. Y, al final, la vida es solo eso: una cadena aparentemente interminable de pequeños sucesos cotidianos, al parecer insignificantes pero que, como ladrillos que se superponen, van edificando poco a poco nuestra casa. Esa que dejaremos al morir para que otros habiten en ella.

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PM 6:34 16/0CT/2016

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